Txapulines al limón

miércoles, diciembre 21, 2005

Las mejores películas de los 90 (II): Tierra

Tierra (1996), de Julio Médem, es sin duda, desde esta humilde opinión, la mejor película española de la década de los 90.

Médem es posiblemente el cineasta español más extraño de nuestra cinematografía. En sus películas ha unido magistralmente temas como la psicología, el sexo o el encuentro de casualidades, lo que junto con una forma de contar las historias mágica y sorprendente y unos personajes a veces neuróticos, a veces simbólicos, pero siempre interesantes, hacen de sus películas una nueva y fascinante experiencia cinematográfica. Empezó medicina con el objetivo de especializarse en psiquiatría. Este detalle de su biografía no es gratuito.Tanto en La ardilla roja com en Tierra ha demostrado que sabe jugar maravillosamente con conceptos de psiquiatría como la amnesia (la protagonista de La ardilla roja tiene un accidente en cuanto empieza la película y pierde la memoria) o la doble personalidad. En Vacas y en Los amantes del círculo polar se habla más de ese encuentro de casualidades que tanto gusta a Paul Auster. Yo apostaría que Médem se ha empapado de sus libros, no en vano, los nombres de Otto y Ana (personajes de Los amantes...), incluso con la coincidencia de la capicuidad, aparecen en una anécdota del libro El país de las últimas cosas del escritor. Vacas fue su primera película y marca la carrera y el estilo de Médem, quien en sus tres primeras películas utilizaría incluso a los mismos actores protagonistas. No obstante, su actriz fetiche, Emma Suárez, ya no sale en Los amantes del círculo polar, dejando paso a Najwa Nimri y más tarde a Paz Vega en Lucía y el sexo. Carmelo Gómez, Karra Elejalde y Nancho Novo son el resto de sus asiduos. Después de Lucía y el sexo, que nos mostraría una forma diferente de ver el erotismo en el cine y la historia de un autor con crisis creativa, Médem nos sorprendió con un megaproyecto documental de entrevistas sobre el conflicto vasco: La pelota vasca: la piel contra la piedra. Aunque su posicionamiento queda claramente expuesto desde los primeros minutos de la película, ésta se utilizó como arma arrojadiza por parte de la rancia derecha de este país, acusando al director de todo menos de neutral. Quizá la polémica hizo bien a la taquilla, pero adivino que desgastó tremendamente a su autor, quien pretendía complementar su proyecto con una película de ficción sobre el tema de explícito nombre, Aitor. Este proyecto parece que ha quedado aparcado indefinidamente y Médem se encuentra a punto de rodar Caótica Ana, con María Valverde y Bebe Rebolledo como protagonistas.



Pero hablemos de su tercera película. Carmelo Gómez en Tierra lo deja así de claro: "Estoy medio vivo y medio muerto". Su personaje, Ángel, son dos, su yo terrenal y su yo angelical, que es su conciencia, una especie de Pepito Grillo que conversa con él y le da consejos. Para acabarlo de rematar, cada uno de los dos se enamora de una mujer distinta. El Ángel espiritual cae prendado de Ángela (preciosa Emma Suárez) en un amor platónico y generoso. Su parte terrenal se obsesiona con Mary (volcánica Silke). Todo esto envuelto en una isla de tierra roja rodeada de un mar de viñedos que necesitan ser fumigados, porque una invasión de cochinillas le da al vino de la comarca un extraño sabor a tierra.

Entre fotogramas de tonos rojizos como la tierra que le da título y como el cabello de Mary se nos habla de dualidades desde la primera escena: desde el negro e infinito cielo estrellado la cámara baja y se vuelve minúscula hasta mostrarnos, desde debajo de la superficie del suelo del campo, a las minúsculas cochinillas. Ya sabemos que se nos hablará de lo grande y de lo pequeño, de lo espiritual y de lo terrenal, de la muerte y de la vida, del doloroso amor y del sexo placentero, de Ángela y de Mary, del cielo y la tierra, o de la tierra y el mar. De contradicciones, en definitiva, como ese final que nos muestra a un hombre curado de su doble personalidad, libre (y acompañado..., quizá de la que no toca), lejos del rojizo norte, y a orillas del mar levantino. ¡Qué casualidad! Como en Cadena perpetua.