Txapulines al limón

lunes, septiembre 05, 2005

El viaje a Irlanda

Esta vez menos resumido (presumo que el post va a ser laaaargo) y con más fotos. El viaje tuvo dos partes muy diferentes. Los primeros diez días fueron las vacaciones en sí mismas y los otros seis he estado de voluntario en EUROGRAPHICS, lo que requerirá otra entrada.

Como introducción os dejo el mapa de la ruta.
Viaje a Irlanda

Días 1 y 2: Dublín

Aunque yo llegué a Dublín el miércoles día 17, Estela y las otras dos parejas (Roberto, Yolanda, Joan y Mònica) llegaron al día siguiente desde Barcelona. Cuento, por lo tanto, el jueves como el primer día del viaje. Nos quedamos a dormir las dos primeras noches (y las dos últimas) en casa de Paco y Orla. Así sumamos los ocho (cuatro parejas) que hicimos la ruta por Irlanda. Fueron dos días de relax y paseo por Dublín, visitando el primer día el Temple Bar (el barrio céntrico donde lo que predominan son los bares), el Castillo, y un Pub que dicen es el más antiguo de toda Irlanda, data del 1198, e imagino que en esa época era una posada.

The Brazen Head

Ir de pubs en Irlanda es lo que más hemos hecho estos días. Allí se bebe cerveza, sobre todo Guinness, y usualmente hay música en directo con lo que llaman Irish Pub Songs, varias de ellas obligatorias, sobre todo Molly Malone, Dirty Old Town y Whiskey in the Jar. Pero lo mejor de los pubs en Irlanda es que está prohibido fumar. Es formidable poder salir en la noche y que al llegar a casa la ropa no te apeste a humo. Y a los fumadores no les importa tanto porque ven que fuman menos, y se lo toman bien. Tengo muchas ganas que se implante en España esta prohibición.

El viernes visitamos el Trinity College y por la tarde la fábrica de la Guinness, una especie de museo de los sentidos basado en la marca de cerveza. Lo mejor del museo es la última planta (la octava o la novena), que tiene un bar donde te puedes beber una Guinness incluída con la entrada y que tiene una vista panorámica de la ciudad. La anécdota triste de la jornada fue que Estela perdió su billetera (o se la robaron, el caso es que desapareció de su bolso), lo peor es lo que conlleva: anulación de tarjetas, hacer la denuncia y, sobretodo, la renovación de DNI, carnet de conducir, ... pero bueno, al final estas cosas quedan en anécdota.

Trinity College

Guinness top pub

Guin

ness

Por la noche fuimos a The Porter House, un pub muy grande donde elaboran su propia cerveza (aunque para mí, la Guinness es más buena) y también hay música en directo.

Día 3: Picnic

El sábado alquilamos un coche y aprendimos forzosamente a conducir en el asiento de la derecha y por la izquierda. Salimos de la ciudad hacia el sur y paramos en un lugar muy bonito donde hicimos un picnic y visitamos Glendalough, famoso por ser el lugar donde San Kevin vivió como ermitaño.

Glendalough

Allí nos hicimos una foto de grupo.

Foto de grupo en la ermita de San Kevin

Por la noche tomamos la obligatoria Guinness en el pub que está a mayor altura sobre el nivel del mar de toda Irlanda, el Johnnie Fox.

Johnnie Fox

Esa noche dormimos en una casa preciosa que la madre de Orla tiene en un pueblo al lado de la costa.

Días 4 y 5: Cork

Por la mañana del domingo, nos dispusimos a hacer un largo viaje de unos 350 quilómetros hacia Cork. Pero al tonto del menda no se le ocurre otra cosa que dejarse la llave del coche alquilado dentro del maletero del mismo. Al cerrarlo ya no se pudo volver a abrir y las puertas estaban también cerradas. Llamamos a la compañía de seguros, quienes mandaron una furgoneta al cabo de una hora y nos abrieron el coche sin hacerle ni un rasguño. Para mí que sus headhunters van por las cárceles buscando personal. Salimos para Cork, donde llegamos ya de noche y lloviendo a cántaros. Nos dividimos para cenar, unos a un chino y otros al McDonnalds y después al pub, por supuesto.

El lunes por la mañana paseamos por Cork para hacer fotos.

Puente de Cork

Anuncio de cerveza

Estatua de Cork

Destilería en Cork

Barca de Cork

Por la tarde fuimos al castillo de Blarney y a Kinsale, un pueblo de pescadores muy bonito.

Castillo de Blarney

Día 6: Cork - Moher - Galway

Amanecimos en Cork de nuevo dispuestos a viajar unos 300 quilómetros más, pero tuvimos un nuevo contratiempo. Llevábamos días pensando por qué Orla (quien por supuesto nos guiaba en su Audi A3 delante de nuestro Ford Fiesta alquilado) no frenaba, ya que las luces de freno no se encendían. ¿Será que la chica domina a la perfección el freno motor? ¿o el Audi sólo enciende las luces cuando se pisa el freno a fondo? Pues no, las luces no funcionaban. Perdimos la mañana buscando un taller de Audi donde nos lo arreglaran y por la tarde emprendimos el camino. De todo lo que queríamos visitar, sólo fuimos a lo más espectacular: los acantilados de Moher.

Acantilados de Moher

Torre en los acantilados de Moher

Llegamos por la noche a Galway, donde cenamos en un restaurante mexicano.

Día 7: Galway

Paseamos un poco por Galway por la mañana. Desayunamos un típico desayuno irlandés, vimos a los músicos de la calle, y, como después de cinco días de fotos teníamos la memoria llena, las pasamos a CD en una tienda de fotografía.

Desayuno irlandés

Música en la calle de Cork

El batería

Después hicimos una excursión por las marismas de Connemara y visitamos la abadía de Kilemore.

Connemara

Abadia de Kilemore

Esa noche nos permitimos una cena de lujo (como casi todas las demás, que realmente las cenas de gala las tomamos por costumbre y el presupuesto se resintió). La razón es que hacía tres años que Estela y yo nos casamos, y estuvo bien celebrarlo con mis mejores amigos (a quienes, por cierto, les encanta celebrarlo cortándome los calzoncillos, pero eso es otra historia).

Días 8 y 9: Aran Islands

El jueves por la mañana pillamos un ferry que nos llevó a la isla de Innismore, la más grande de las tres Aran Islands. Alquilamos bicicletas, comimos fish and chips y salimos a pasear por la isla. Aparte de la tranquilidad de una pequeña isla, Innismore tiene dos grandes atractivos turísticos: un pequeño faro que está en el punto más alto de la isla, que no debe superar los 50 metros (más unos ocho del faro), y unas ruinas ancestrales (Dún Aonghasa) que hace algún millar de años eran una fortaleza militar que protegían un pequeño poblado al lado de unos acantilados. Para mí las piedras siempre han sido sólo eso, piedras, aunque alguna vez fueran murallas. Lo impresionante son los acantilados de ese lugar.

En bicicleta por la Isla de Innismore

Vista desde el faro de Innismore

Acantilados de Dún Aonghasa

Alex y Estela en Dún Aonghasa

Ya casi de noche volvimos al pueblo a dejar las bicicletas y cenar (otra cena de gala). Después de la cena, nos separamos chicos y chicas. Ellas decían que se iban a la cama, y nosotros nos fuimos al bar. Dejarnos solos a cuatro amigos que apenas nos vemos juntos una vez al año es un peligro, especialmente en un país donde lo único que se puede hacer es beber Guinness y Whiskies (que intercalados con las cervezas adquieren el curioso nombre de chasers, es decir, es la mejor manera de alcanzar (chase) al más borracho de la fiesta cuando llegas tarde a la misma) Un bar desierto en una isla desierta, un billar y una Juke Box. Muchas cervezas y chasers. Monumental borrachera. A la 1 cerró el Pub y nos echaron a la calle.

El albergue estaba como a dos quilómetros del bar, pero se nos ocurrió que podíamos volver por la pequeña carretera de la costa que habíamos recorrido en bicicleta unas horas antes. Saliendo del pueblo ya sólo nos alumbraba la media luna, y sólo a ratos, ya que unas cuantas nubes pasajeras nos dejaban con una visibilidad casi nula que apenas nos dejaba intuir el camino. Aun así, nosotros íbamos cantando y apurando las últimas Guinness que nos habían servido en vasos de plástico. Las casas del pueblo se alejaban detrás de nosotros. De vez en cuando pasábamos por delante de alguna casa de campo y nos ladraba un perro. Incluso hubo un momento que un coche pasó zumbando y casi nos pisa. Después, nada más. Caminamos y caminamos durante una media hora en la desorientación y la oscuridad, sólo siguiendo el camino de la costa. Hasta que, de pronto, el camino se corta. Una gran valla hecha con piedras nos corta el paso, y detrás sólo queda una playa, ya no hay camino. La borrachera se nos atragantó de pronto. Estaba claro que ese era un camino de la costa, pero no era el camino de la costa que habíamos tomado por la tarde con las bicicletas. Estábamos perdidos. Siempre podíamos volver al pueblo, claro, pero sería una paliza. Llavábamos casi una hora andando hacia ninguna parte y el albergue, por pura triangulación, tenía que estar más cerca de nosotros que el pueblo, lo que no teníamos claro era hacia qué dirección, y como el camino no seguía, decidimos volver para atrás en cualquier caso. Hasta que encontramos un desvío hacia el centro de la isla. Decidimos arriesgarnos. Cuando había luna, podíamos ver un lago a nuestra izquierda. Nadie recordaba haberlo visto en el mapa. Más adelante, un cruce de caminos, pero no era la carretera principal. Mejor a la izquierda, ya que a la derecha, con gran probabilidad volveríamos a la playa. El camino empieza a hacer pendiente. Buena señal, ya que el albergue está a medio camino entre la costa y el faro (al que por cierto, no veíamos, si no todo hubiera sido mucho más fácil), el punto más alto. Luego, unas casas, y después, por fin, una carretera iluminada aunque no parecía la carretera principal. La tomamos a la izquierda, porque a la derecha la pendiente era hacia abajo y no pintaba bien. Al fin acabamos en la parte alta del pueblo. Casi dos horas después de caminar sin parar, habíamos llegado, casi, al punto de origen. En realidad fue un alivio, ya que sólo nos quedaba tomar la carretera principal hasta el albergue. Cuando llegamos eran las tres de la madrugada.

Al día siguiente en el ferry de vuelta, hicimos otra foto de grupo con caras de resaca.

Volviendo de Innismore (Aran islands)

El resto del día lo dedicamos a volver a Dublín.

Días 10 y 11: Dublín


El último día en Dublín toca ir de compras, los souvenirs en Carroll's y la ropa en Penney's. También las últimas fotos.

La aguja de Dublín

Half penny bridge

Molly Malone

A las 5 de la madrugada del domingo llamamos a un taxi para que viniera a recoger a los mismo cinco que habían llegado 10 días antes y los llevara al aeropuerto. Paco y Orla, nuestros espléndidos anfitriones, y yo, nos quedamos. A mí todavía me quedaban 6 días en la ciudad.