Txapulines al limón

lunes, junio 20, 2005

Don Juan Tenorio

Para resarcirme de la vergüenza que me provoca llevar más de seis meses con la primera parte de El Quijote. Ayer encontré en una biblioteca de un piso de estudiantes (*) el Don Juan Tenorio de José Zorrilla. Y me lo he fulminado en dos sentadas en menos de 24 horas. He de reconocer que mucho mérito no tiene, aunque son unas 250 páginas, al ser teatro en verso y letra grande se lee rapidísimo.

Me ha sorprendido que el protagonista es un personaje bastante hijo de puta, acostumbrados como estamos a espadachines heróicos y honorables, Zorrilla nos presenta un ser pendenciero, asesino, embaucador, ateo, y ligón, que sólo encontrará su media salida a la rectitud moral a través del amor de la inocente novicia Inés.

En el primer acto nos presenta a los personajes, Don Juan y Don Luis, eterno rival, pero de la misma calaña moral, quienes han apostado a ver quién en un año ha matado a más gente y ha ligado con más mujeres. Don Juan, no sólo gana de calle, sino que apuesta (¡a muerte!) además que se ligará a la prometida de Don Luis y a una novicia.

La novicia es Inés, con quien desarrollará su secuestro e historia de amor en el segundo acto, donde está el famosísimo trozo que después copio.

En el tercer acto se le va bastante la olla, desarrollándose una historia de fantasmas sin mucho sentido más que ahondar la vena romántica (del romanticismo del siglo XIX, vaya) y acabar de redimir a nuestro protagonista de sus pecados a través del amor.

Un libro muy agradable de leer y de recitar. Iba a poner sólo el trozo famoso de Don Juan, pero me encanta la respuesta de Inés, así que también la copio.

(*) Parece que el piso es de una pareja de profesores de literatura judíos que están en Israel y vienen a Budapest en verano. Debía haaber más de mil libros en el armario-biblioteca, la mayoría en húngaro, pero muchos en inglés y en castellano. A modo de ejemplo estaban Rayuela de Cortázar y El péndulo de Foucault de Umberto Eco (traducido al castellano).

DON JUAN:

¡Cálmate, pues, vida mía!
Reposa aquí, y un momento
olvida de tu convento
la triste cárcel sombría.
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Esta aura que vaga llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando al día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?
Esa armonía que el viento
recoge entre esos millares
de floridos olivares,
que agita con manso aliento;
ese dulcísimo acento
con que trina el ruiseñor
de sus copas morador
llamando al cercano día,
¿no es verdad, gacela mía,
que están respirando amor?
Y estas palabras que están
filtrando insensiblemente
tu corazón ya pendiente
de los labios de don Juan,
y cuyas ideas van
inflamando en su interior
un fuego germinador
no encendido todavía,
¿no es verdad, estrella mía,
que están respirando amor?
Y esas dos líquidas perlas
que se desprenden tranquilas
de tus radiantes pupilas
convidándome a beberlas,
evaporarse, a no verlas,
de sí mismas al calor;
y ese encendido color
que en tu semblante no había,
¿no es verdad, hermosa mía,
que están respirando amor?
¡Oh! Sí, bellísima Inés
espejo y luz de mis ojos;
escucharme sin enojos,
como lo haces, amor es:
mira aquí a tus plantas, pues,
todo el altivo rigor
de este corazón traidor
que rendirse no creía,
adorando, vida mía,
la esclavitud de tu amor.

DOÑA INÉS:

Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!,
que no podré resistir
mucho tiempo sin morir
tan nunca sentido afán.
¡Ah! Callad por compasión,
que oyéndoos me parece
que mi cerebro enloquece
se arde mi corazón.
¡Ah! Me habéis dado a beber
un filtro infernal, sin duda,
que a rendiros os ayuda
la virtud de la mujer.
Tal vez poseéis, don Juan,
un misterioso amuleto
que a vos me atrae en secreto
como irresistible imán.
Tal vez Satán puso en vos:
su vista fascinadora,
su palabra seductora,
y el amor que negó a Dios.
¡Y qué he de hacer ¡ay de mí!
sino caer en vuestros brazos,
si el corazón en pedazos
me vais robando de aquí?
No, don Juan, en poder mío
resistirte no está ya:
yo voy a ti como va
sorbido al mar ese río.
Tu presencia me enajena,
tus palabras me alucinan,
y tus ojos me fascinan,
y tu aliento me envenena.
¡Don Juan! ¡Don Juan!, yo lo imploro
de tu hidalga compasión:
o arráncame el corazón,
o ámame porque te adoro.