Txapulines al limón

miércoles, diciembre 29, 2004

¿Quién odia la Navidad?

Marta me vuelve a inspirar un post.

Verdaderamente, desde mi ateísmo religioso y económico, yo debería opinar y razonar exactamente igual que ella, pero resulta que a mí estas fiestas me gustan, me enternecen y realmente me hacen más feliz. ¿Cómo puedo entonces explicar esta contradicción entre mis razones y mis sentimientos? ¿Será que mis bases morales y de lógica fallan por algún lado? ¿O es que simplemente la lógica y la razón no tienen por qué estar reñidas con los sentimientos y la felicidad?

Desde luego, ese al que llaman Dios no tiene nada que ver con esto, y Mr. Capitalismo..., bueno, podría llegar a reconocer que me gustan los regalos, sobre todo los que me hago yo mismo, porque yo lo valgo ;), y si se vale utilizar el comodín del refranero popular (uno que trataba del consuelo de los tontos), gasto alguna orden de magnitud menos que el resto de los mortales de este país. Tampoco me gusta llenar la casa de adornitos (aunque a mi mujer sí, y no me molesta). Sí me molesta que esto se haya convertido en la fiesta consumista económica y golosamente hablando, pero por la parte golosa la disfruto, y si es por que se tira la comida, nanai, que nos pasamos comiendo restos las dos semanas siguientes.

Quizá podríamos preguntarle a Freud: pues tuve una infancia ingenua y feliz en la que creía en alguien y en el Niño Jesús, los Reyes Magos, Papá Noel y hasta en el Ratoncito Pérez. En mi adolescencia yo era un romántico enamorado de cualquiera dama que se cruzara en mi camino y las vacaciones de Navidad aprovechaba para ir algo más de la cuenta al cine con alguna de ellas, eso sí, sin tocar. Luego quedaba más con mis amigos que en otras épocas hasta que algunos nos distribuimos por el mundo en 1998. Esos quince días de la Navidad de 1998 y Año Nuevo 1999 fueron quizás las más especiales, porque representaban el regreso a casa después de seis meses en México (para luego volverme a ir, pero eso fue otra historia y debe de ser contada en otra ocasión) y volver a ver a mis amigos y contarnos la vida.

Todavía para mí la Navidad significa eso: ver a gente que quieres y que por alguna razón ves en pocas ocasiones el resto del año, ya sea familia o amigos, y sólo por eso vale la pena.