Txapulines al limón

sábado, noviembre 13, 2004

El Lobo


Al contrario que en Días contados, donde el hecho que el protagonista sea un etarra es una mera anécdota argumental, aquí entramos en el mero meollo de los que es (o fue en los setenta, vaya) ETA, su entorno y sus perseguidores. En medio de todo esto tenemos a nuestro protagonista El Lobo, nombre clave de Chema (Eduardo Noriega), un pobre chaval que a lo tonto se mete en el oscuro laberinto de no estar de parte ni de unos ni de otros, pero tener que fingirlo en ambos bandos al entrar en la banda terrorista como infiltrado por parte del servicio de espionaje español. La peli tiene ritmo, está bien contada y mejor ambientada (aquí el trabajo es excepcional, yo me he creído que eran los mismísimos años setenta, los coches, la ropa, los peinados..., todo igual que las fotos de cuando mi madre estaba embarazada de mí...), tiene el aliciente de contar una historia supuestamente verídica, y ahí siempre está el juego de saber qué hechos y personajes están sacados de la realidad y cuáles están inventados. Me fallan algunas interpretaciones, especialmente Noriega, en quien no veo el mínimo esfuerzo (ni el acento vasco, siquiera, cosa que sí intenta Jorge Sanz, por ejemplo) de dejar de ser él mismo para interpretar al personaje. Tampoco me creo los idiomas: donde acierta plenamente Mar adentro, aquí hay el fallo sistemático de hacer hablar a todos los personajes en castellano. Digo yo que por lo menos entre los etarras hablarán euskera, y entre los franceses, pues francés, pero no, es la misma estupidez que hacer hablar a Javier Bardem en inglés, cuando interpreta a un cubano entre cubanos en Cuba, en Antes que anochezca. José Coronado, está simplemente bien, pero yo destacaría un par de interpretaciones secundarias de quitarse el sombrero: Santiago Ramos (en el papel de Pancho, el poli que quita las castañas del fuego) y de Roger Pera (este sí se curró el acento vasco, teniendo en cuenta que es catalán) como Medio, uno de los terroristas.

Total, una propuesta muy interesante y muy cuidada, que nos cuenta cómo estaba de podrido el percal (y cómo debe de estarlo ahora, por pura extrapolación), tanto en un bando como en otro a finales de la dictadura.

Para que quede constancia, a Aitor no le ha gustado nada.