Txapulines al limón

sábado, septiembre 11, 2004

Mar adentro

Amenábar cambia de registro, y no sólo no defrauda sino que consigue igualar, o superar, si es que eso era posible, el nivel de sus anteriores películas.

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar

que es el morir;


Esto es lo que nos decía Jorge Manrique en una de sus coplas a la muerte de mi padre. El mar como final, como desvanecimiento de las aguas del río, que es el vivir. Ese mar donde Ramón Sampedro tuvo que haber muerto una vez y del que alguien lo salvó para dejarlo con una "vida no digna" durante veintiocho años más...

La película entra en materia directamente desde el primer minuto, destruyendo tabúes nos habla de la muerte sin prejuicios y desde las entrañas, a través de un personaje tozudo y desafiante, inmenso Javier Bardem en una interpretación que pasará a la historia. El personaje Ramón Sampedro (que no hay que confundir con el Sampedro real, al cual no conocemos) nos lleva de la mano en su camino hacia la nada, contándonos sus razones, pero a la gallega, respondiendo a nuestras dudas con preguntas que son un espejo en el que se refleja nuestra propia muerte. Y el tema de la eutanasia está ahí, pero no se trata, casi que se evita ("Yo no te juzgo, no me juzgues tú a mi", nos pide Ramón), porque en realidad el tema es otro, mucho más profundo que el hecho de obligar a vivir a alguien que no quiere (o que ayudar a morir a alguien que quiere), el tema es la muerte, pero no como el final triste de la vida, sino como lo contrario de la vida, como aquello que está al final del río, que está para todos los ríos y que hay que tener presente para que mientras el río corra, debe de llevar agua abundante, cristalina y llena de feliz vida.

Mar adentro es, en definitiva, un canto a la vida.