Txapulines al limón

viernes, septiembre 24, 2004

Autoría y credibilidad

Los más observadores habréis podido comprobar que hace unas pocas semanas terminé El libro de las ilusiones de Paul Auster y empecé La Reina del Sur de Arturo Pérez-Reverte. Yo no soy un devoralibros, como Níniel o Elengaer que se fulminan libros en dos o tres días, y eso que sí leo mucho, de hecho me paso el día leyendo, pero mis fuentes de palabras son primero internet, después el periódico y algunos artículos científicos, y por ello mis lecturas de ficción se limitan, por desgracia, a algunas páginas antes de dormirme en pocos días a la semana. Mis libros, por tanto, duran meses tanto en la cabecera de la cama como en la sección Leyendo... de la columna de la derecha.

Puedo decir sin lugar a dudas que mi autor favorito es Paul Auster, os debo un largo post (algún día…) en el que tengo que hacer un análisis de la fascinación que Auster ejerce sobre mí, desde que descubrí su cuento Smoke después de ver la película hasta este último Libro de las ilusiones, y especialmente la primera vez que leí un libro de él, esta absoluta obra maestra de poco más de cien páginas que es Ciudad de cristal, el primer volumen de la Trilogía de Nueva York.

El objetivo principal de la mayor parte de los escritos de Paul Auster es plantear un juego narrativo con el lector. Este juego consiste en ir dejando pistas en sus relatos a través de las cuales el lector se pueda plantear adivinar qué parte de las historias están basadas en la vida y las experiencias reales de Auster y qué parte es invención. Para ello utiliza varios recursos, donde concurren desde el punto de vista narrativo hasta la elección de los nombres de los personajes, pasando por extrañas coincidencias y paralelismos, no sólo entre los hilos de diferentes historias que puedan haber en una novela, sino incluso entre novelas diferentes y en principio completamente independientes. El máximo exponente en esto que acabo de decir está en La ciudad de cristal y los otros dos libros que completan la trilogía: Fantasmas y La habitación cerrada. En El libro de las ilusiones también hay algo de eso, pero además hay otro juego: el de la credibilidad de la historia, unido intrínsecamente al tema fundamental del libro, que es una reflexión sobre la inutilidad de la obra no divulgada de un autor, o dicho de otro modo, sobre la idiotez de crear algo únicamente para destruirlo después. La gracia de todo ello es que Auster se las ingenia para, en la última página de libro, como si de una novela de misterio se tratara, poner la última pieza del rompecabezas sobre la mesa, en uno de los mejores finales de Auster (que precisamente suele fallar en eso, sus finales no suelen estar a la misma altura que las n-1 páginas anteriores) vemos que no sólo todo encaja a la perfección sino que estamos ante un maravilloso cuadro que habla de la verdad y de la ficción, y de cómo se mezclan y se enzarzan y se entretejen de manera que lo que sabemos que es ficción, que es mentira, que seguro que es algo inventado, podría haber sido completamente cierto. Al final nos rendimos al juego extasiados y maravillados sabiendo que al igual que hacía Escher en sus cuadros, con retazos de verdad se nos explica una maravillosa mentira.

De postre, constatar que este juego no es sólo de Auster. Pérez-Reverte, aunque a otro nivel, también lo utiliza en La Reina del Sur. Y para muestra, un botón:

Yo conocía Culiacán. Antes de la entrevista con Teresa Mendoza ya había estado allí, muy al principio, cuando empezaba a investigar su historia y ella no era más que un vago desafío personal en forma de algunas fotos y recortes de prensa. También regresé más tarde, cuando todo terminó y estuve al fin en posesión de todo lo que necesitaba saber: hechos, nombres, lugares. Así puedo ordenarlo ahora sin otras lagunas que las inevitables, o las convenientes. Diré también que todo se fraguó tiempo atrás, durante una comida con René Delgado, director del diario Reforma, en el Distrito Federal. Mantengo vieja amistad con René desde los tiempos en que, jóvenes reporteros, compartíamos habitación en el hotel Intercontinental de Managua durante la guerra contra Somoza. Ahora nos vemos cuando viajo a México, para contarnos el uno al otro las nostalgias, las arrugas y las canas. Y esa vez, comiendo escamoles y tacos de pollo en el San Angel Inn, me propuso el asunto.

-Eres español, tienes buenos contactos allí. Escríbenos un gran reportaje sobre ella.
Negué mientras procuraba evitar que el contenido de un taco se me derramara por la barbilla.
-Ya no soy reportero. Ahora me lo invento todo y no bajo de las cuatrocientas páginas.
-Pues hazlo a tu manera-insistió René-. Un pinche reportaje literario.
Liquidé el taco y discutimos los pros y contras. Dudé hasta el café y el Don Julián del número 1, justo cuando René acabó amenazándome con llamar a los mariachis. Pero le salió el tiro por la culata: el reportaje para Reforma terminó convirtiéndose en un proyecto literario privado, aunque mi amigo no se incomodó por eso. Al contrario: al día siguiente puso a mi disposición sus mejores contactos en la costa del Pacífico y en la Policía Federal para que yo pudiese completar los años oscuros. La etapa en la vida de Teresa Mendoza que era desconocida en España, y ni siquiera aireada en el propio México.
-Al menos te haremos la reseña-dijo-. Cabrón.